El país de los faraones es uno de esos destinos que por ley debería figurar en el haber viajero de todo ser humano.
Aciertan los que arrancan su viaje relámpago a Egipto por Luxor para, tras pasmarse ante el exceso de su legado faraónico, embarcarse en el imprescindible crucero por el Nilo rumbo a Asuán. Sólo así, después de unos días aclimatándose a los tejemanejes de sus ciudades más pequeñas, llegará el alma medianamente entrenada para aventurarse sin susto por el caótico festín monumental y humano que aguarda en El Cairo. Y si el viaje contratado empieza por la capital, tampoco habrá de preocuparse. Fácilmente se le puede dar la vuelta a la tortilla argumentando que mejor meterse primero entre pecho y espalda su locura urbana para luego podérselo tomar con mucha más calma en los días de crucero y así llegar a casa sin la adrenalina a flor de piel.
En un sentido o en el otro, esta ruta de una semana por el país de los faraones es un recorrido habitual para los primerizos, que seguro sabrán más adelante buscarse otro hueco en el calendario para ahondar en lo mucho que irán viendo y, una vez comprobado que no es tan fiero el león como lo pintan, quizás hacerlo en la siguiente ocasión por libre, sin las ataduras y las prisas de los viajes organizados, que, por otra parte, le facilitan mucho la vida a quienes se asoman por primera vez a la particularísima lógica de Egipto, uno de esos destinos que por ley deberían figurar en el haber viajero de todo ser humano.
Día 1. Aterrizados en Luxor
Tanto en los vuelos directos que en fechas puntuales organizan las mayoristas como en los más habituales que hacen escala en El Cairo, lo más frecuente es aterrizar en Luxor bien avanzada la tarde o incluso de noche, con poca más opción que dejarse trasladar hasta el barco elegido y quizás disfrutar de la primera cena a bordo en la mesa que a uno le asignan para toda la travesía.
Día 2. De los tesoros de Luzor al templo de Edfu
Muy temprano se despereza la antigua Tebas. Su ciudad de los vivos es un ruidoso villorrio hecho a retales, inundado de calesas y mercados sobre el que despuntan, en pleno meollo, las formidables columnas, esfinges y obeliscos de los templos de Luxor y Karnak. Y, en la orilla opuesta del Nilo, también su ciudad de los muertos, por la que bien de mañana comienzan a asomar las hordas de admiradores que, tras detenerse ante los colosos de Memnon, abarrotan las terrazas y rampas del templo funerario de Hatshepsut, y los mil y un recovecos, horadados entre los desfiladeros del desierto, del Valle de los Reyes y el de las Reinas, en los que los gobernantes y altos dignatarios del Imperio Nuevo eligieron ser sepultados con la esperanza inútil de que los saqueadores no localizaran sus tumbas ni los tesoros con que se acompañaban al otro mundo.